Nuestra historia
Primero queremos contaros quiénes somos.
Somos Carolina y Fernando.
Vivíamos en Madrid, donde teníamos una tintorería en el centro… y una vida llena de estrés. Llevábamos tiempo sintiendo que algo no encajaba, que la vida que teníamos no nos hacía realmente felices.
Hasta que llegó un verano que lo cambió todo.
En 2018, en pleno agosto —cuando apenas podíamos “rascar” unos días libres— tomé una decisión impulsiva. Necesitaba parar. Desconectar. Ir a un sitio donde no hubiera nadie.
Miré el mapa de España y pensé: “Algún lugar tranquilo fuera de la costa ¿Teruel?..... ¿Ourense?......” Y entonces trasteando en Internet de una manera casual apareció la aldea y sentí algo difícil de explicar. Un flechazo. Una intuición muy clara: “Este es el lugar.”
Cuando Fernando llegó a casa le dije:
—Nos vamos de vacaciones.
—No puede ser, tenemos mucho trabajo… —me contestó.
Pero insistí:
—Necesito desconectar unos días. Y he encontrado un sitio que va a ser un antes y un después en nuestras vidas.
(Y sí… sonaba un poco dramático 😄)
Pero la intuición no falló.
El giro inesperado
Al tercer día de estar aquí, hablando con Carlos, el dueño de la aldea, le preguntamos cómo había creado todo aquello.
Nos empezó a contar su historia… y de repente se quedó serio y dijo:
—No sé por qué os cuento esto… pero estoy pensando en cambiar de vida y alquilar la aldea.
Nos quedamos en silencio. No podíamos creerlo.
Ahí empezó todo.
El salto
Durante ese año tuvimos muchas conversaciones.
Fernando vino a probar la vida rural en Marzo de 2019. Yo iba y venía.
Y poco a poco lo vimos claro.
Ese verano gestionamos la aldea para entender lo que era el día a día. Y ya no hubo vuelta atrás.
En septiembre volvimos a Madrid con una misión: cerrar una etapa.
Traspasar el negocio. Vender nuestra casa. Cambiar de vida de verdad.
Y el 27 de diciembre de 2019 llegamos aquí… para empezar de cero.
Y entonces… la pandemia
Y sí, llegó la pandemia.
Y aunque suene raro decirlo, para nosotros fue uno de los mejores años de nuestra vida.
Económicamente fue duro, como para todo el mundo, pero a nivel personal… fue un regalo.
Pudimos parar, respirar, adaptarnos, hacer cambios… y vivir este lugar de una forma muy especial.
Hoy
Hoy seguimos aquí. Y no, no echamos de menos la ciudad.
Nuestra familia y amigos vienen a vernos (y nosotros también escapamos cuando queremos). Ourense está a solo 40 minutos, pero aquí… el ritmo es otro.
Más tranquilo. Más real.
Seguimos trabajando con la misma ilusión del primer día, organizando talleres, creando experiencias y, sobre todo, conociendo a gente increíble que pasa por la aldea.
Y también profundamente agradecidos.
A nuestros huéspedes y a la gente del pueblo, que nos ha acogido como uno más, ayudándonos con el huerto, la leña… y con todo lo que no se aprende en ningún manual.
Porque la vida son etapas…
Y esta, sin duda, ha sido un regalo.
Y ahora… si te apetece, te contamos la historia de la aldea antes de que llegáramos nosotros.
Porque este lugar tiene mucha, mucha historia…
Historia de la aldea
¿EDIFICACIÓN ROMANA? ¿CONSTRUCCIÓN CASTREXA? ¿TEMPLO DE ADORACIÓN?
La primera referencia escrita conservada, que cita la existencia de Santo André, sitúa su fundación como monasterio de la orden de San Benito en el lejano año 872. Esta escritura confirma la existencia de una iglesia de origen anterior, llamada iglesia de San Andrés, junto a la cual se levanta el monasterio. No se conoce ningún dato más sobre la precedente iglesia ni sobre periodos anteriores. Comenzando el siglo XI, las crónicas escritas recogen los trascendentes hechos ocurridos en el monasterio de Santo André, que se dice que los monjes, que eran mas bien vividores se levantaron en contra del prior que era muy recto y acabaron asesinándolo.
Tras un milenio, no han perdurado ni la iglesia ni el monasterio. Pero aunque todo se ha perdido, las evidencias son claras. Muros, piedras y la distribución de espacios, permiten atisbar el pasado pero, sobre todo, permiten soñar y dejarse llevar por un pasado nostálgico que, aunque lejano en el tiempo, permite sentirlo presente y propio.
Con el paso de los siglos, las ruinas se convierten en los muros de las casas de nuevos pobladores, transformándose así, en una aldea cuyos habitantes prosperan gracias a la explotación ganadera, agraria y forestal, que les permite su productivo entorno.
Llegado el siglo XX, Santo André sufre, como la práctica totalidad de la geografía rural gallega, el fenómeno de la emigración. Santo André, poco a poco, va perdiendo sus moradores, su lustre y en definitiva, su vida. Irremediablemente, en el año 2000, la aldea Santo André, termina quedando deshabitada por completo.
Un vecino de la contigua aldea de San Miguel de Congostro, con familiares entre los últimos habitantes de Santo André, empieza a perder el sueño y a tragar saliva e, irreversiblemente, su cerebro entra en ebullición. Tiene presente a lo que se enfrenta, pero advierte que tras los titubeos iniciales, su mente, ante cualquier traba, responde mediante un eco interminable que le insiste ¿por qué no?
En el año 2005, tras una sostenida e inacabable reunión de propiedades, y sus correspondientes gestiones y trabas administrativas, Carlos Rodríguez Morgade emprende la reconstrucción de Santo André. Una obra descomunal para una sola persona que, además, debe compaginar con sus obligaciones laborales y sus deberes familiares. Ante la incomprensión de muchos y con escasos, pero agradecidos apoyos, Carlos se sumerge en 7 largos años de cavilaciones y de duro esfuerzo. Largos años con múltiples dificultades que consigue superar por el dopaje que le imprime la ilusión.

A partir de ahí, se sucedieron largas noches e intensos fines de semana en los que mientras su cuerpo picaba piedra, retiraba escombro o tallaba madera, su mente retroalimentaba su ilusión inyectándole nombres, gentes, proyectos e ideas. Las historias escuchadas a su abuelo y a otros familiares, así como los nombres de Odoario, Salamiro, Xoaçino, Alonso y Mamiliano, retumban en su interior y le empujan a recuperar sin descanso todo lo que durante siglos crearan sus antepasados y otras gentes que aquí habitaron. Conforme la reconstrucción de la aldea comienza a cobrar forma, los entrañables placebos mentales dieron paso en la cabeza de Carlos a un torbellino de ideas entorno a que Santo André tuviera vida y no fuera un mero escaparate. Paralelamente a la reconstrucción, iba poniendo bonita la aldea, vistiéndola con árboles y flores que su profesión forestal y su profunda afición botánica le permitieron realizar de forma exquisita.
Sus cavilaciones iniciales dieron paso al afloramiento de hondos anhelos. Las nostalgias del pasado dieron paso a su nunca perdida fe en el futuro. Su amor por Galicia, su sangre Limia, la defensa de su idioma y de su cultura, su creencia total en las posibilidades del medio rural y su adoración por el medio natural, empezaron a moldear en su cabeza la luz que Santo André podía volver a irradiar. Aunque los trabajos en una aldea nunca terminan, la reconstrucción alcanza su fin en el año 2012. El primer paso que toma Carlos, es convertirla en una aldea de turismo rural de forma inicial, con la pretensión futura de que este uso se compagine con otras actividades de interés cultural o formativo.
Y ahí andamos nosotros, con muchos proyectos e intentando hacer talleres, formaciones y actividades culturales.
Comentarios
Publicar un comentario